Alineada

Hoy es viernes y siento que pasó un mes desde el viernes pasado. ¿Cuántas cosas pasan en una semana? A veces tengo el impulso de hacer una lista. Pasan las horas, los días, los fines de semana. Los problemas, las malas noticias, las vacaciones. Nunca la hago.

Voy en moto por calle San Lorenzo. El vientito me hace bien, lo siento en la cara. A veces puedo disfrutar del camino sin pensar en lo que tengo que hacer cuando llego. Escucho a alguien que grita, aunque no entiendo qué dice. Busco y veo a una chica de estatura media y pelo largo que corre por calle Balcarce en contramano. Más adelante va una moto, también contramano. Un auto de frente esquiva primero a la moto y después a la chica, que corre con el brazo derecho levantado. Pide algo, algo que le sacaron. Desacelero y la miro, tiene la cartera colgando: es el celular lo que le robaron. Ella baja la mano y, de a poco, frena; se rinde. No va a alcanzar a la moto que ya dobló por calle Urquiza. El señor del auto frena y se acerca; yo sigo, tengo reiki a la una.

Hace una semana fue a la radio un experto en ciencias ocultas y paranormales. Un hombre alto, de unos cincuenta años, con músculos de gimnasio y ojos celestes saltones. Tenía una camiseta gris dry fit y zapatillas nike blancas talle cuarenta mil. Habló de los amarres, los sapos con la boca cocida, las cruces de sal y de todo el mal que una persona puede hacerle a otra. «Borren la fecha de nacimiento del Facebook ya mismo», fue uno de los consejos para los oyentes. Parece que esa fecha es clave. Ese día mi columna literaria fue sobre «La chica del milagro». Es la historia de una chica que es atropellada por un auto y está 35 días internada sin saber si va a volver a caminar. Finalmente lo logra (perdón el spoiler) pero siente que sus piernas pertenecen a alguien nuevo, esos segundos primeros pasos vuelven el cronómetro de su vida a cero. Cuando terminé y entró la tanda, el brujo me dijo que tres más cinco es ocho y el ocho es el número del sagrado corazón, guiño guiño. No le entendí.

«Como mínimo tres alineaciones energéticas por año para evitar todo tipo de magia negra», fue el segundo consejo. Antes de terminar se ofreció a darnos gratis su servicio de limpieza, siempre que le consigamos unos habanos especiales. Meli salió en búsqueda, pero enfrente había unos gruesos, no los finitos que él quería. Volvió al estudio y llamó a un kiosco y una cigarrería para conseguirle al brujo su instrumento de trabajo, pero nadie tenía. Entró a la mesa y le dijo con señas, mientras el charlaba con las conductoras sobre el juego de la copa, que no había de sus habanos en ningún lado. Zafamos, pensé. «Si no hay habanos que sea un paquete de parisién». Las chicas pasaron de a una. El brujo deportista daba una pitada profunda y expiraba el humo a lo largo de sus brazos, arriba de la cabeza, en el pecho. El humo se quedaba como suspendido, formando una cortina espesa que las envolvía como un hechizo. Al final evaluaba la colilla del parisién y eso revelaba el estado energético de la paciente y el lo explicaba junto con un tratamiento. Antes de saber el primer veredicto, me fui. Mi cerebro me dijo alerta-peligro y rajé. Cuando salí le pedí a mi reikista la limpieza de rigor.

Alicia impone sus manos y hace una serie de movimientos sobre mi cabeza. Tengo los ojos cerrados, pero la veo, hay mucha claridad en la habitación. Murmura algo. Mueve y remueve la energía que sale de mi cuerpo. Inhalo y exhalo, cada vez más profundo y de a poco me voy. Estoy acostada sobre la arena de una playa vacía. Está nublado y estoy paralela al mar mirando las olas ir y venir. Creo que encontré a mi Dios, el Dios Mar. Tenerlo cerca es todo lo que necesito para lo que yo entiendo que es estar en paz. El caniche de Alicia salta del sillón y el ruidito de sus uñas sobre el parquet me distraen. Vuelvo al reflejo blanco que hay del otro lado de mis párpados.

Busco el mar de nuevo y esta vez llego a una pared negra con un rectángulo en el centro. El rectángulo se agranda hasta cubrir toda la pared y en el centro se abre otro rectángulo y así. En el medio estoy yo que caigo a un pozo que en el fondo tiene un libro gigante de hojas blancas lisas. Es el libro que tanto deseo con todas las hojas blancas que quedan por escribir, con espacio para horas, días, fines de semana. Pero también para problemas, malas noticias y vacaciones. El libro se cierra y me quedo ahí adentro y sonrío. Podes ir abriendo los ojos de a poquito, me dice Alicia, mientras apaga las velitas que me rodean.

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